Credits: Article and images by Tracey Llewellyn @ Revolution Watch Magazine. See the original article here - https://revolution.watch/mxl/lepee-1839-objetos-de-deseo/
Cuando Arnaud Nicolas, su actual CEO, compró L’Epée en 2009 no fue el resultado de una búsqueda prolongada ni de un plan estratégico. Fue, como él mismo lo describe, “una decisión tomada en la esquina de una mesa, tomando una cerveza con un amigo.”

Ese amigo era un entusiasta de los relojes. Nicolas buscaba un regalo: un reloj de mesa lo suficientemente interesante para un coleccionista, pero contemporáneo para vivir en una casa moderna. No encontró nada. Todo lo disponible parecía decorativo de la manera equivocada o atrapado en el pasado. Pocas semanas después, en Suiza, la conversación volvió al tema. “Le dije que estaba harto porque no encontraba el reloj indicado”, recuerda Nicolas. “Él me dijo: ‘Conozco una empresa que podría hacerlo, pero está en quiebra.'” La empresa era L’Epée 1839.
En ese momento, poca gente prestaba atención a la manufactura. Se daba por sentado que los relojes mecánicos de mesa eran una categoría en extinción. L’Epée todavía existía, pero apenas, abasteciendo a un número reducido de clientes. La distribución había colapsado. El desarrollo de producto estaba paralizado. La idea de que alguien pudiera intervenir para revivir una manufactura de casi 200 años parecía improbable. “Cuando mi amigo dijo que se dirigía a la quiebra, guardamos silencio casi un minuto”, cuenta Nicolas. “Luego él dijo: ‘¿Estás pensando lo que yo estoy pensando?’ Y yo respondí: ‘Sí. Podríamos comprarla.'”
La decisión de cinco minutos
La decisión en sí tomó minutos. La realidad llegó de inmediato. Descubrieron que ningún comprador había aparecido porque la empresa ya no tenía tiempo. Las reservas de efectivo estaban agotadas. Los salarios debían pagarse. La transacción tomó más tiempo del esperado y, antes de que se firmaran los papeles, Nicolas y su amigo pagaban los sueldos de su propio bolsillo. “La empresa estaba en muy mal estado”, dice. “No tenía el efectivo para pagar los salarios a finales de junio. Los pagamos nosotros. Firmamos en julio.”
Su amigo, quien ayudó a financiar la adquisición, nunca se involucró en la operación del negocio. Fue una decisión deliberada. “Es difícil que dos personas dirijan una empresa”, dice Nicolas. “Seguimos siendo amigos. Nunca mezclamos la amistad con el trabajo.” Lo que Nicolas heredó no era solo una operación debilitada, sino una reputación que se había reducido drásticamente. L’Epée había sido en su momento una manufactura prolífica e inventiva. A finales del siglo XX, se convirtió en otra cosa: un proveedor de obsequios de protocolo para casas reales y gobiernos. “El dueño anterior solo estaba interesado en abastecer a la familia real británica”, dice Nicolas. “La distribución murió. Todo lo demás se detuvo.”
Sin embargo, el alcance histórico de la marca es mucho más amplio de lo que la mayoría imagina. Los relojes de L’Epée han estado sobre los escritorios de jefes de Estado. Gobiernos europeos y líderes del Medio Oriente los habían entregado como regalos diplomáticos. Uno estuvo sobre el escritorio del Papa. “Era la marca del poder”, dice Nicolas. “Pero ya nadie lo sabía.” Un incendio a finales de los años noventa destruyó una sección de los archivos. Lo que sobrevivió apuntaba a una empresa cuyo rasgo distintivo había sido la invención, no la formalidad. “Eso fue lo que me interesó”, dice Nicolas. “No preservarla, sino reactivarla.”

Reconstruir desde adentro
Por formación, Nicolas es científico. Estudió matemáticas, óptica y electrónica, y pasó los primeros años de su carrera en ingeniería aeroespacial y satelital en Europa y Estados Unidos. Su trabajo se centró en sistemas de precisión, incluidos dispositivos MEMS que mejoraban la exactitud del posicionamiento de aeronaves. “Siempre he estado vinculado a la ciencia”, dice. “Pero me faltaba algo.” Lo que lo atrajo a la relojería de mesa no fue la tradición, sino una contradicción: sistemas mecánicos con permiso de ser expresivos. “Es uno de los pocos campos donde puedes mezclar arte y función”, dice. “Arte y tecnología.”
Desde el momento en que asumió el control, Nicolas tomó una decisión que definiría la siguiente década: todo iría al producto. “Cuando compré la empresa, teníamos un calibre”, dice. “Ahora tenemos cincuenta y cuatro.” En 16 años, L’Epée desarrolló 53 nuevos calibres. Cuando Nicolas presentó esa cifra ante LVMH, la reacción fue de incredulidad. “Me dijeron: ‘Estás bromeando.’ Entonces se los demostré.”
La razón por la que fue posible, dice Nicolas, fue el enfoque. El marketing se dejó de lado. La comunicación apenas existió. Las ganancias, cuando aparecían, se reinvertían de inmediato. “Nunca sacamos un centavo de la empresa”, dice. “Todo volvía a la ingeniería, las máquinas, las personas.” Uno de los primeros cambios operativos fue la fabricación se hiciera “en casa”. La subcontratación de componentes generaba problemas de calidad y correcciones constantes. “Me cansé de ir a los proveedores a resolver sus problemas”, dice Nicolas. “Así que decidí que el responsable de desarrollo debía estar junto a mi despacho.”

Se compraron máquinas. Se contrató a especialistas. El conocimiento se conservó en casa. Hoy, L’Epée emplea a 12 ingenieros en una empresa de aproximadamente 100 personas, una proporción más cercana a una empresa de alta tecnología que a una manufactura tradicional. Los resultados no fueron inmediatos, pero sí visibles. “A los dos años, estábamos en Baselworld y la gente se detenía y decía: ‘Estos son preciosos'”, recuerda Nicolas. “Eso era nuevo.” Las ventas siguieron. Las piezas de edición limitada se agotaban en semanas, luego en días. Pero Nicolas nunca creyó que los relojes de mesa fueran a volver como un objeto de consumo masivo. “Estaba seguro de que era un negocio pequeño”, dice. “Pero sabía que no podía ser el único lo suficientemente loco para querer esto.”
De la página en blanco a la colaboración
De forma determinante, L’Epée no se posicionó como una marca nostálgica. Desde el principio, Nicolas entendió que la supervivencia dependía del diseño y la animación mecánica. “¿Qué tipo de objeto querría alguien en una casa moderna?”, pregunta. “Esa era la cuestión.” La colaboración se convirtió en parte de la respuesta, aunque Nicolas insiste en que no fue una reinvención. Al investigar los archivos, descubrió que la primera gran colaboración de L’Epée había tenido lugar en los años setenta, con Hermès. “Era muy poco frecuente”, dice. “Pero ya estaba ahí.”

La diferencia estaba en el enfoque de las colaboraciones. L’Epée no parte de un movimiento terminado para después envolverlo en un diseño. “Empezamos con una página en blanco”, explica Nicolas. “Diseñamos el movimiento y la caja de forma conjunta. Nada se oculta.” Lo que Nicolas aportó fue una dimensión creativa explícita. “Yo añadí la parte artística”, dice. “Algo un poco más atrevido. El resto ya estaba en nuestra historia.”
Las colaboraciones modernas llegaron de forma natural. MB&F se convirtió en un socio fundamental, no solo en lo creativo sino en lo cultural. Chanel aportó visibilidad en un momento en que L’Epée no podía costear comunicación. El trabajo sostenido para Tiffany & Co. ancló el negocio histórica y comercialmente. El proyecto más monumental llevado a cabo durante la gestión de Nicolas fue la colaboración de L’Epée con Vacheron Constantin y el constructor de autómatas François Junod. El resultado fue La Quête du Temps, presentado en el Louvre en 2025: una empresa de siete años, con dos dedicados a definir el concepto y cinco a la ingeniería y la fabricación, y el objeto más complejo que L’Epée ha producido hasta la fecha.

A mediados de la década de 2010, el problema ya no era la supervivencia, sino la capacidad. “Mi socio y yo nos dimos cuenta de que nosotros éramos el factor limitante”, dice Nicolas. “No la demanda, sino la inversión.”
Cuando el crecimiento se convierte en riesgo
En 2024, LVMH, ya cliente de la manufactura, se acercó a L’Epée para aumentar la producción. Nicolas se negó a permitir que ningún grupo dominara su producción. “Veinte por ciento como máximo”, les dijo, y añadió: “La gestión del riesgo es el primer trabajo de un director general.” Una semana después, sin embargo, la conversación cambió cuando el representante de LVMH regresó a la manufactura. “Volvió, se sentó en mi despacho y empujó un papel sobre la mesa”, dice Nicolas. “Había un número escrito en él.” Nicolas llamó a su socio y al día siguiente aceptaron la oferta de ser comprados por el mayor grupo de lujo del mundo.
Hoy, LVMH es el propietario de L’Epée. Desde el punto de vista operativo, Nicolas dice que poco ha cambiado. “Me dijeron: no pierdas tu espíritu emprendedor. Nos dejan funcionar de forma independiente.” Lo que el grupo aportó fue estabilidad y crecimiento controlado: la capacidad de aumentar la producción sin comprometer la exclusividad. “No queremos que L’Epée esté en todas partes”, dice Nicolas. “Solo queremos poder abastecer correctamente: a Tiffany, a Louis Vuitton y a socios fuera del grupo también.”

Si el interés por los relojes mecánicos de mesa ha crecido notablemente en los últimos años, Nicolas no lo atribuye a la moda. “Responden a una necesidad distinta”, dice. Los coleccionistas de relojes de pulsera quieren algo más allá de la muñeca. Los interioristas buscan objetos que sorprendan. Los coleccionistas de arte responden de forma instintiva. “En las exposiciones, los coleccionistas de arte vienen a nuestro stand”, dice Nicolas. “A veces más que los coleccionistas de relojes.”
Para Nicolas, la explicación es simple. “Un reloj de mesa da tiempo, luz, movimiento y emoción en un solo objeto”, dice. “Por eso funciona.” No como nostalgia. No como utilidad. Sino porque sigue haciendo algo que ninguna otra cosa logra del todo.
Más sobre L’Epée 1839:
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